domingo, 7 de junio de 2009

El indigno

Jelel Ben, natural de Sidi Bou Saïd, permanecía cautivo por sus innumerables dudas públicas sobre la Sharia y el Hadid proferidas en los hamman de Qayrawán, Mahdia o Túnez frente a Ulamas que lo denunciaron.
No hay más Dios que Allah y Mahoma es el Profeta de Allah, pero Jelel Ben, descendiente del andalusí 'Abd al-Rahmán B. Jaldun, era un renegado de las enseñanzas del Profeta, al que Allah tenga en su gloria. Jelel Ben, siguiendo las directrices del Hadid, ya debería haber sido ajusticiado para expiar sus culpas tal como cita el Corán: “Vosotros, que no creéis ni en mis profetas ni en mis mensajeros, mirad: el fuego de Halgahym será para vosotros y permanecerá para vuestra suerte”, pero Jelel Ben seguía vivo y, en las noches de cautiverio, mientras repetía los ritmos del Maluf, mascullaba para sí injurias a los Ulamas y a lo que ellos representan. ¡Que en el Zahikika esté el libro de sus merecimientos y que el fuego le entre en su cuerpo por la parte posterior y le salga por la boca, orejas y ojos, que sea encadenado, colgado por la lengua y el cerebro le salga por la nariz. Que no duerma un instante!
Para Jelel Ben el infierno ya había comenzado, no dormía y el fuego que le salía por su boca y sus ojos le consumía lentamente día tras día, noche tras noche. Jelel Ben no sabía cuál sería su última noche ni qué madrugada anunciaría el fin de sus días.
- ¿Cuándo seré ajusticiado? - Preguntaba a sus guardianes sin obtener respuesta alguna.
Pasaron los días, los meses y los años y Jelel pidió hablar con Malik, guardián mayor, al que con una infrecuente humildad le dijo:
- Malik, sé que mis pecados son grandes y que soy merecedor del fuego eterno cuando muera. Pero ya me consume en vida y no puedo más. Quisiera suplicarte que pidas mi ajusticiamiento inmediato.
Malik miró a Jelel sin comprender totalmente la causa de aquella extraña petición.
- Jelel ¿Me estás pidiendo tu muerte? ¿Ya no quieres vivir?
Jelel levantó la cabeza para mirar a Malik y le dijo:
- Así no… Yo soy un condenado a muerte… y a un condenado a muerte no se le debería martirizar, se le debería ajusticiar…ajusticiar y nada más…
Malik, quiero que mi dignidad esté a la altura del miedo que me produce la muerte.
Malik sonrió a Jelel y le dijo:
- Viejo, los designios de Allah son insondables y habrá una causa por la que aún no has sido ajusticiado, pero te honra tu petición y así la transmitiré.
Malik se alejó de Jelel dejándolo reconfortado.
Jelel olvidó esa tarde las injurias a los Ulamas mientras repetía los monótonos ritmos del Maluf que le traían recuerdos no vividos del Al-Andalus, pero mil veces rememorados por sus antepasados de padres a hijos.
Su descanso y su castigo estaban cercanos. Era hora de poner sus asuntos en orden para al menos, tras su ajusticiamiento, poder ganarse un lugar en Al-Yahim, el segundo piso del infierno donde van los politeístas. Allí siempre estaría mejor que en el abrasante Al-Hawiya, tan similar a lo que en los últimos años había vivido en su confinamiento.
Jelel pudo conjurar la vigila de aquella noche con algunos momentos de sueño, primeros momentos en muchos años que brevemente le sacaban de Al-Hawiya para llevarlo a su ciudad natal. Jelel subido en la cima del Yebel Manar, la montaña del faro, contemplaba el blanco de las casas donde sus azules puertas y ventanas jugaban a imitar al Mediterráneo que tan claramente podía divisar y por el que sus antepasados llegaron a Sidi Bou Saïd.
Su vida, ya cercana la muerte, tomaba un nuevo sentido y Jelel saludó el alba del nuevo día con un “¡Ojalá!”, salido de lo más profundo de su ser. Aquél “w-shā-llāh”, aquel “quiera dios”, fusión de dos culturas encarnadas en él.
Así comenzó su nuevo día Jelel, con una triste sonrisa, sonrisa al fin y al cabo. Abandonadas ya las íntimas injurias a los Ulamas, Jelel tarareaba todos los encadenados ritmos de la Nuba mientras realizaba sus trabajos forzados.
Malik, desde su atalaya, observaba al cambiado Jelel con una sonrisa en la boca.
Los días se fueron sucediendo, las semanas fueron pasando y los meses se completaron. Jelel estaba preparado para ir a Al-Yahim. Y así se lo comentó a Malik.
- Malik, hace unos meses te solicité humildemente que pidieras mi ajusticiamiento inmediato y he visto como esperabas a que estuviera preparado. Puedes decir a los Ulamas que ya estoy dispuesto para expiar mis pecados en Al-Yahim.
Malik, sin abandonar la sonrisa que había adornado su cara en los últimos meses, contestó a Jelel:
- Viejo Jelel esa decisión ya no depende de mí ni de ti; lo comenté a los Ulamas y estos dijeron: “Será ajusticiado cuando lo consideremos oportuno no cuando él desee; y si, en este momento, su vida es como la del Al-Hawiya es porque Allah, en toda su misericordia, le tiene reservado un mejor destino cuando muera”
La cara de Jelel se mudó tras escuchar estas palabras y mirando a los ojos a Malik, le replicó:
- ¡Que las puertas del Al-Hawiya se cierren eternamente cuando tú y los Ulamas entréis; y que todos los dioses se olviden de vosotros, y que se cumplan las palabras de Mahoma y del Corán mientras os ennegrecéis al fuego y los ángeles os coloquen una cadena en la boca que os salga por la parte posterior; la mano izquierda os la aten al cuello; la derecha os la introduzcan en vuestras vísceras y os quiten lo que hay entre vuestros hombros y os sigan añadiendo tormento al tormento, por la corrupción que habéis sembrado creyéndoos los propietarios de la vida de vuestros semejantes! ¡ W-shā-llāh !
Malik no contestó, simplemente golpeó a Jelel hasta que éste cayó al suelo desvanecido.
La últimas luces del día entraban por la abertura superior de aquel desconocido espacio donde se encontraba.
Jelel, extendido en el suelo como un desmadejado ovillo de lana, miraba hacia aquella abertura tratando de saber dónde se encontraba. La luz del día se fue apagando hasta dejar la estancia en una penumbra similar a la de su espíritu.
Jelel paseaba tranquilo por las estrechas callejuelas de Sidi Bou Said una cálida noche mediterránea mientras se empapaba del azul olor a mar, se llenaba del sereno silencio y disfrutaba de esa oscuridad familiar. Jelel continuó su relajante paseo por una cada vez más angosta calle. Un espeso y negruzco líquido cayó sobre él mientras escuchaba una lejana voz.
- Viejo ¿aún quieres morir?
Jelel abrió los ojos lentamente y, en el agujero de la bóveda de la gruta en la que se encontraba, divisó una borrosa figura que portaba una tea encendida.
- Jelel ¿aún quieres morir? - Volvió a gritar una voz conocida.
- ¡Siete veces maldito seas Malik! - Gritó Jelel
- Viejo ¿aún quieres morir?
Jelel se limpiaba la brea vertida sobre él mientras maldecía.
- ¡Acaba de una vez, Malik y te esperaré para verte pasar camino del Al-Hawiya!
- No tan rápido viejo, desde hoy éste será tu infierno y yo tu guardián.
La cueva volvió a la oscuridad mientras Malik se alejaba de la abertura con la tea encendida.
Noche tras noche volvía Malik a verter sobre Jelel una nueva cantidad de brea y a realizar la misma pregunta que obtenía de Jelel una nueva, y cada vez más terrible, maldición.
Pasaron tres veces siete días y la pequeña caverna ya parecía un hamam cubierto de brea en el que Jelel había aprendido a dormir sentado y apoyado sobre la incómoda pared cuya rugosidades y salientes no le impedían el andar por las calles de la tan ansiada Sidi Bou Saïd. ¡Allah, el único dios, es misericordioso y así lo contó Mahoma, su Profeta!
Jelel, sentado cerca del mar, contemplaba plácidamente como el azul del horizonte mediterráneo comenzaba a coger los tonos anaranjados del alba mientras las olas, rompiéndose cercanas, bautizaban nuevamente al viejo. La luz del disco solar iba haciéndose cada vez más poderosa mientras una fuerte ola caía sobre él dejándolo totalmente mojado. Una sonrisa se dibujó en la cara de Jelel mientras trataba de mirar fijamente a la luz del nuevo día.
- ¿Aún quieres morir? – Pregunto una voz lejana.
- Aléjate de mí demonio y déjame contemplar esta maravillosa puesta de sol – Contestó sonriente Jelel.
Un gran estallido de luz y calor rodeó a Jelel que sonriendo musitó: “Gracias Malik por este nuevo amanecer”.

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